Lesbianas, tortilleras, bolleras, marimacho, camionera, sáfica, desviadas varias, todas ellas no son mujeres.

Hubo un tiempo, en un espacio discontinuo -un espacio que se dispersaba a través de los continentes- en que las lesbianas no éramos mujeres. No quiero decir que ahora las lesbianas sean mujeres, aunque algunas de ellas se piensen así, mientras que otras se nombran butch o femme, muchas prefieran llamarse queer o transgénero, y otras se identifiquen con masculinidades femeninas -existe una gran cantidad de opciones de autodenominación para las lesbianas hoy en día. Pero durante ese tiempo, lo que las lesbianas éramos era esa única cosa: no éramos mujeres. Y todo parecía tan claro, entonces.

La sexualidad no es una orientación, sino un régimen político, como postulaba nuestra madre intelectual del feminismo lesbiano Monique Wittig.

El heteropatriacado es la base de la construcción del propio patriarcado. Este sistema no se sostiene sin la idea conceptual y su implicación social de la familia nuclear. Desde la base de la reproducción, se agrupa a hombres con mujeres de una forma obligatoria, donde estas quedan relegadas a una posición de subordinación.

Gayle Rubin ya revisó la idea de parentesco de Levi Strauss desde una perspectiva feminista, donde el género y los sistemas sociales patriarcales se construyen desde el intercambio de mujeres llevado a cabo por los hombres, y no al revés.

Para Rubin “el género es una división de los sexos socialmente impuesta. Es un producto de las relaciones sociales de sexualidad. Los sistemas de parentesco se basan en el matrimonio; por lo tanto, transforman a machos y hembras en “hombres” y “mujeres”” (Rubin, 1986: 114).

Esta opresión no sólo se configura en una cuestión de reprimir comportamientos no asociados al sexo-género asignado, sino que esta misma construcción oprime los deseos homosexuales, dado que el propio concepto de hombre y mujeres conlleva una heterosexualidad implícita.

Desde este punto, abordar la homosexualidad significa revisar conceptualmente la heterosexualidad, y para analizarla se debe conceptualizar la construcción del sistema sexo-género, donde se aborda desde la visión en que el género es la construcción opresiva, que construye asimismo la categoría sexo, donde esta última no tienen que ver con una visión biológica y esencialista, sino que el sexo cultural.

En este sentido, el lesbianismo político y el feminismo lesbiano ahondan de forma profunda en la construcción de categorías sociales como el sexo y el género, dialogando desde la Teoría Queer y el feminismo radical.

  • Heternormatividad
  • Género
  • Sexo

La categoría sexo-género estan en constante dialogo, no existe una sin la otra y se construyen entre sí. El género se basa en la construcción sociocultural basada en el sexo biologico.

En el momento que socialmente se designa el sexo biológico como una categoría relevante, se identifica desde lo social, desde el lenguaje y lo simbólico, eligiendo una parte para construir el todo y construyendo el significado y características de este elemento biológico. Por tanto, el sexo es género en si mismo.

La lesbiana, como categoría política y cultura, subvierte estas connotaciones, rompiendo la construcción propia de la base del patriarcado, el falo (no como pene, sino como poder social vinculado a la masculinidad), el intercambio en el parentesco, la construcción de la mujer-hembra-feminidad desde lo masculino. Es una disidencia de género, una ruptura con la naturaleza social del sexo y exprime la media naranja creada desde la heterosexualidad.

Sin duda, el lesbianismo supone destronar al patriarca.